Lecturas

sábado, 14 de marzo de 2015



Don Perezoso
Un cuento de Moisés Abraham Carrillo Flores

Lo apodaban Don Perezoso, porque no había en él otra cosa más que la pereza, le molestaba levantar un dedo para responder en la escuela, le costaba tanto trabajo hacer sus deberes, sus tareas, le tomó tanto tiempo aprenderse su nombre y contar del uno al diez y le tomó aún más tiempo preguntarse por qué le pasaba justo a él.





Su familia siempre tocaba el tema, no aprendió a leer ni a escribir sino hasta los doce años y solo ocurrió porque siempre se perdía en la ciudad por no saber leer las calles y por tener flojera de pedir ayuda. 


Batalló bastante para aprender su idioma y aun así lo utilizaba de una mala manera, confundía pronombres con verbos, adverbios con negaciones y ortografía con gramática, era un conflicto sin la más mínima solución, pero era una buena persona, al menos así salvaba su reputación de inútil y así todos se apiadaban de él regalándole comida, pues al fin de cuentas, él jamás podría ganarla trabajando.
 Se estaba quedando sin alguien que viera por su bienestar pues su familia estaba más que harta de mantenerlo y de tener que soportar sus incontables bostezos “Es que nació con una pereza que parece estar arrastrando desde ocho vidas pasadas” Decían todos cuando lo veían pasar frente a la iglesia arrastrando los pies y respirando en ocho tiempos, inhalaba y exhalaba con tanta lentitud que parecía que no estaba respirando, comía con la misma paciencia con que realizaba todo lo demás, sin apuro, sin prisa, sin pensar si debía atender otros asuntos importantes, nada, simplemente no cambiaba.

No se le veía el más mínimo deseo por componerse, por sacudirse su pesar, sus malos gestos cuando le ordenaban hacer algo y no le quedaba más que cumplirlo. Se terminaba el agua por tardarse cuatro horas bañándose, a veces juntaba el desayuno con el almuerzo y con la cena porque le llevaba tanto tiempo masticar los alimentos que cuando se daba cuenta ya tenía que ingerir los de la noche o los del día siguiente.
Por sorpresa una tarde se casó y nadie supo cómo ni cuándo comenzó en él a florecer un sentimiento que nadie pensó que podría llegar a tener, la no tan afortunada fue una fémina trabajadora, estudiosa, honrada e inteligente, era inexplicable como una mujer así se había enamorado de alguien como él, eran como el agua y el aceite, como si una estuviese tan inmaculada y pura y el otro tan sucio y mugroso, no se les hallaba combinación alguna, sin embargo, nadie se atrevió a cuestionar el amor que ambos juraban y nadie pudo evitar ver con malos ojos que la joven esposa trabajaba el doble para compensar lo que su esposo no hacía, no había hecho y nunca haría porque estaba en sus genes, en su ADN y nunca podría cambiarlo, estaba consciente de ello en el momento en que aceptó compartir toda una vida con él y aún más, cuando se atrevió a darse seis hijos de los cuales en ninguno se reflejó la pereza del padre y por el contrario, trabajaron la tierra y aprendieron diferentes oficios con los que se enriquecieron en poco tiempo y demostraron que habían sido igual a su madre, pero del padre nunca se acordaron y jamás  lo volvieron a ver en cuanto volaron del nido para hacerse hombres.

La vida se le fue pasando con la misma lentitud con que hacía todo, parecía que las manecillas del reloj confabulaban en su contra, porque cuando las miraba iban tan lentas que parecía que no se movían, pero cuando se descuidaba iban tan a prisa que era como si estuviesen jugando una carrera.

Nunca conoció a sus nietos, no fue al funeral de sus padres ni a la lectura del testamento, jamás se enteró que había heredado la mayor parte del patrimonio, por encima de sus hermanos, pues su moribundo padre le dejó todo en un último intento por salvarlo de su desgracia y de una muerte segura por su inutilidad.

No se cortó el cabello ni las uñas porque estas le crecían con la parsimonia con que él vivía, se limitaba a desayudar, almorzar y cenar solo dándole un gesto de sosiego y cariño a su esposa quien siempre lo amó pues pensó que no tenía la culpa de ser así, era como si hubiese nacido ahorrando energía y esta no la iba a usar sino hasta después de la muerte, por eso trabajó tan duro para criar a sus hijos y nuca se atrevió si quiera a pedirle algo, nada.

Luego de años de sedentarismo, de siempre responder con un pausado “Lo haré mañana” Una tarde se levantó de su asiento y fue directo al patio donde su mujer plantaba los vegetales con que sea alimentaban, los miro tan verdes y jugosos que se preguntó cuándo los iban a cosechar, cómo podrían cocinarse y los sabores que podría degustar de tenerlos ya en su mesa.

La emoción lo hizo tomar una canasta, ponerse unos guantes y un sombrero y comenzó a desarrollar la labor de campesino, por primera vez estuvo activo una tarde, trabajó tanto que la frente le sudo un rio y sorprendió a su esposa con una cena que él mismo había preparado, pero al anochecer la pereza volvió sin avisar, reclamando un lugar en su cuerpo y alma que le correspondía por derecho de antigüedad.
A la mañana siguiente nadie lo echo de menos, nadie se preguntó donde estaba o si volvería a trabajar con tanto esmero como el día anterior, no, pensaron que estaba aquí o allá haciendo lo de siempre, perdiendo el tiempo y tardándose demasiado por su pereza que la cargaba como un pesado abrigo de piel que lo cubría del frio invernal de las labores difíciles y bien remuneradas, pero no, porque su pereza fue tan grande que ese día no fue a ver a su esposa, no juntó las tres comidas ni se tardó horas en completar una oración, ese día no exasperó a nadie y mucho menos hizo algo productivo, porque su pereza fue tanta que no se levantó de la cama ni mucho menos se atrevió a abrir los ojos.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario